Éxito Noticias, 23 de octubre 2026.- En la comunidad de Ancocala, a 3.800 metros sobre el nivel del mar y a unos 35 kilómetros de La Paz, el productor agrícola Etson Machaca ha demostrado que la soberanía energética no siempre requiere de megaproyectos ni de decisiones burocráticas.
Ante la persistente escasez de hidrocarburos y el precio del diésel en el mercado informal, que ronda los 18 bolivianos por litro, Machaca diseñó y construyó una planta artesanal de pirólisis capaz de transformar bolsas plásticas, neumáticos desgastados y aceite de motor usado en el combustible que hoy mueve sus tractores. Lo que para muchos es basura, para él es la materia prima que garantiza la preparación de sus tierras a tiempo.
El proceso que ejecuta Machaca sigue una secuencia técnica rigurosa: recolecta los residuos sintéticos, los introduce en una cámara hermética calentada entre 300°C y 500°C y, mediante condensación, obtiene diésel sintético y gasolina utilizables en maquinaria agrícola.
Con este método, logra producir entre 80 y 150 litros diarios, a un costo de 7 a 10 bolivianos por litro, lo que representa un ahorro superior al 50% frente al precio del mercado informal y una reducción de hasta el 80% de su dependencia de combustibles externos. La planta, construida con ladrillo y arcilla, funciona bajo un principio similar al de una olla a presión y ya ha despertado el interés de autoridades de Sapahaqui y Coro Coro, que buscan replicar la experiencia.
Sin embargo, el caso de Ancocala no es solo una anécdota de supervivencia campesina: es una lección de economía circular y soberanía alimentaria que el aparato estatal debería asumir con urgencia. Mientras el Gobierno de Rodrigo Paz importa alrededor del 95% del diésel y el 60% de la gasolina que consume el país, y destina miles de millones a subsidios insostenibles, un productor del altiplano demuestra que existen alternativas técnicas viables a pequeña y mediana escala.
La propia Agencia Nacional de Hidrocarburos (ANH) ha financiado proyectos de pirólisis para obtener combustibles a partir de plásticos reciclados, y la Universidad Pública de El Alto (UPEA) investiga procesos similares, lo que evidencia que el conocimiento y la capacidad técnica ya existen en Bolivia.
El desafío para las autoridades nacionales, departamentales y municipales es claro: dejar de mirar estas iniciativas como esfuerzos aislados y convertirlas en política pública. La experiencia de Machaca, que ya prepara un proyecto de ley para presentar ante la Asamblea Legislativa Plurinacional con el fin de promover este tipo de emprendimientos, demuestra que la innovación local puede resolver dos problemas críticos de forma simultánea: la acumulación de residuos plásticos y el déficit de combustibles.
El Estado tiene la oportunidad de financiar microplantas regionales, certificar la seguridad de los procesos y transferir tecnología a otros municipios, o puede seguir apostando por parches que solo profundizan la crisis.





