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    Alcalde lleva al penal de San Pedro esperanza para los niños que viven con sus familias en el recinto

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    Éxito Noticias, 25 de diciembre 2025.– La noche cayó temprano sobre el penal de San Pedro, pero adentro la oscuridad no tuvo permiso. En los patios, donde habitualmente el tiempo se detiene y las horas pesan distinto, la Navidad llegó antes, anunciada por risas pequeñas, música estridente y el color imposible de los payasos que rompieron la rutina de los muros grises.

    El programa Dialogando con el Negro fue distinto esa noche. No hubo plaza ni calle abierta, sino rejas que se abrieron con un sonido seco y simbólico. El alcalde Iván Arias cruzó el umbral del penal acompañado de autoridades, cámaras y micrófonos, pero sobre todo de una intención clara: llevar juguetes, chocolatada y, más que nada, un gesto de humanidad a los hijos de los privados de libertad.

    Afuera, la Navidad suele medirse en luces y vitrinas. Adentro, en cambio, se mide en abrazos. “Hoy dejamos de lado colores políticos”, explicó Valeria organizadora del evento antes de ingresar. “Es un día humanitario”. Y lo fue desde el primer momento: niños tomados de la mano de sus madres, otros esperando ansiosos el reencuentro con sus padres, algunos mirando con timidez, como si no estuvieran seguros de merecer tanta alegría junta.

    Son cerca de 2.500 niños solo en San Pedro los que viven con la ausencia diaria de sus padres encarcelados. Nueve mil, si se suman los otros recintos. Niños que cargan preguntas difíciles, silencios incómodos y un estigma que no eligieron. Esa noche, sin embargo, pudieron dormir con sus padres, compartir una chocolatada, reír con payasos y recibir un juguete envuelto en papel brillante.

    Cuando el Alcalde habló, lo hizo sin solemnidad. Miró a los niños antes que a las cámaras. “Estos son los niños más desamparados”, dijo. “No solo por la ausencia del padre o la madre, sino por el bullying, la vergüenza, el silencio que cargan”. Contó testimonios escuchados de primera mano: niños que bajan la mirada cuando les preguntan dónde está su papá, niños que aprenden a mentir para protegerse.

    El patio deportivo del penal se transformó en escenario. Música a todo volumen, personajes disfrazados, palmas que marcaban el ritmo. “¡Arriba las manos!”, gritaban los animadores, y los niños obedecían sin pensar en barrotes ni uniformes. Saltaban. Bailaban. Reían. Por unos minutos, el encierro no existió.

    El gobernador del penal, Paulo Santos Mengoa, explicó que la decisión de permitir el pernocte familiar fue excepcional, pensada para fortalecer vínculos. “Aquí, dentro de estos cuatro muros, también debemos hablar de dignidad”, dijo.

    Y la dignidad se vio en escenas simples: una madre acomodando el abrigo de su hijo, un padre agachado al nivel de los ojos de su niña, familias completas sentadas juntas, como si el tiempo perdido intentara recuperarse de golpe.

    Los testimonios brotaron con naturalidad. Internos agradecidos. Madres emocionadas. Mujeres que decían, sin rodeos, que era la primera vez que veían a un Alcalde entrar al penal en Navidad. “Esto es para nuestros hijos”, repetían. “Ellos son los que más sufren”.

    Iván Arias explicó que parte de su salario fue destinado a esta actividad. No lo dijo como mérito, sino como decisión. “La solidaridad es gratis y llena el alma”, afirmó. Recordó que la Navidad se ha vuelto demasiado material y que, en noches como esta, el verdadero regalo es el abrazo. “Más allá del juguete, demos amor”, insistió.

    La música siguió sonando. Los niños no querían que terminara. Algunos corrían con sus regalos apretados contra el pecho, como si temieran que desaparecieran. Otros simplemente se quedaban quietos, abrazados a sus padres, disfrutando de una cercanía que no siempre está permitida.

    Cuando la transmisión llegaba a su fin, el ambiente seguía vibrando. No era una fiesta cualquiera. Era una pausa luminosa en medio de una realidad dura. Una noche en la que el penal dejó de ser solo encierro y se convirtió, aunque sea por unas horas, en refugio.

    Afuera, La Paz seguía su ritmo habitual de diciembre. Adentro, en San Pedro, la Navidad se celebró con lo esencial: familia, esperanza y la certeza de que incluso entre muros altos, la ternura todavía encuentra cómo entrar.

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